1 de junio de 2026
Cómo me hice programador por mi cuenta (y el método que sigo usando)

Cuando era chico y me aburría, desarmaba la computadora.
La abría entera. Sacaba cada componente, lo miraba, leía las letras que tenía impresas, las memorizaba, y la volvía a armar. Cuando conseguía que alguien me comprara una memoria nueva, se la cambiaba yo mismo. Aprendí a formatearla instalándole un sistema operativo tras otro, a ponerle dos discos con jumpers (uno master, uno slave), a limpiarla por dentro cada vez que no tenía nada mejor que hacer. Ni siquiera sabía que existía el "código": lo más cerca que estuve de programar fue cambiar unas imágenes dentro de una copia pirata de Windows —un "trucho", como le decíamos— y ver cómo eso modificaba algo en la pantalla. No tenía idea de lo que hacía. Pero me encantaba.
Tardé como quince años en darme cuenta de que eso que hacía por aburrimiento era, en realidad, hacia dónde tenía que ir.
El trabajo donde me pedían ir más lento
Antes de la tecnología, trabajé de casi todo. Peón de albañil. Electricidad. Placas de yeso (durlock). Una fábrica de bolsones de arena. A veces formateaba computadoras por unos pesos. En paralelo estudiaba psicología, pero nunca me llenó. Lo que siempre me gustó fue lo otro: las tareas manuales, crear algo de la nada. Construir.
Entré en la docencia, escalé, y terminé en un puesto de oficina. Y ahí, curiosamente, todo empeoró.
No hacía nada. Me sentaba ocho horas a mirar una pared. El trabajo de todo el mes, si me ponía, lo terminaba en uno o dos días. El problema es que esa eficiencia molestaba: mis compañeros y mis jefes me pedían que bajara el ritmo. Que rindiera menos. Que hiciera durar el trabajo.
Me aburría hasta un punto difícil de explicar. Así que, para no volverme loco, empecé a meterme en el mundillo de la tecnología. Leía artículos (me costaba, tardaba). Quería ver esas pantallas negras llenas de letras. Aprendí a tirar algunos comandos en la consola, a entender cómo estaba armado un sistema operativo. Empezaba… y abandonaba. Empezaba de nuevo… y volvía a abandonar.
No fue un click. La tecnología siempre había estado ahí; yo simplemente nunca le había prestado atención.
Lo que terminó de encender todo fue un proyecto con mi viejo: montamos una fábrica de equipos de arquero para hockey sobre césped. En algún momento apareció la idea de hacerle una web y quizás vender online. Y ahí me puse a investigar en serio, como si toda la vida hubiera estado buscando esa excusa. Armé una página con algunas herramientas.
Y entonces llegó la pandemia.
La pandemia me dio lo único que me faltaba: tiempo
Nunca había tenido tiempo. La pandemia me lo regaló de golpe.
A los dos meses ya había terminado todos los niveles de todos los juegos que tenía. No me quedaba nada por hacer. Así que me puse a estudiar. Mucho. Muchísimo. Cada momento del día.
Fue como entrar en trance. No podía parar. Me compré libros de Java, arranqué cursos, y aposté todo ahí. Si estaba despierto, estaba estudiando: leyendo, practicando o mirando videos que me explicaran lo que no entendía. Lo di todo. No dejé nada por dar.
Cada "no" era una clase gratis
Entre el día que me puse a estudiar en serio y el día que conseguí mi primer trabajo, pasó lo más difícil de todo.
Entender todo por mi cuenta me costó una barbaridad. Y encima tenía tres entrevistas por semana. En todas me decían que no.
Al principio dolía. Cada "no" pega. Pero llegó un punto en el que dejó de importarme el sí. Empecé a usar las entrevistas para otra cosa: en vez de tratar de que me contrataran, les preguntaba a los de recursos humanos y a los entrevistadores técnicos qué libros leer, qué temas tenía que afilar, cómo mejorar la forma en que me presentaba.
No iba a que me contrataran. Iba a preguntarles cómo hacer para volverme contratable.
Cada "no" que venía acompañado de una explicación de qué estaba haciendo mal era, para mí, un logro. Una clase gratis. Me costó muchísimo aguantar cada rechazo, pero me acostumbré, y entendí algo que no podía demostrar con nada: que todo eso era parte del proceso. Y confié.
Y un día, alguien dijo que sí
Con ese impulso —y con la lista de libros y consejos que me habían dado justamente los que me rechazaban— conseguí mi primer trabajo en IT.
Hoy, en retrospectiva, sé que no estaba listo. Pero una empresa confió en mí, y le respondí con todo lo que tenía. Después vinieron los mentores —un montón— que me hicieron crecer de una forma que por mi cuenta nunca habría logrado, y me convirtieron en el desarrollador que soy hoy.
Y esta es la otra cara de la historia: me formé por mi cuenta, pero nunca estuve realmente solo. Me busqué a la gente. Le escribí a desconocidos, armé grupos de estudio, molesté a cualquiera que supiera más que yo. Aprender por tu cuenta no significa aprender en soledad. Significa hacerte cargo de ir a buscar lo que necesitás.
Sigo estudiando todos los días. Quizás no con la intensidad de aquellos días de trance, pero sin falta y sin excusas. Nunca paré. Hasta acá, no perdí el tiempo.
Cómo estudio (el método que sigo usando)
Si algo aprendí en todo esto, es que el secreto no es la intensidad. Es la constancia. Con los años armé un sistema que funciona para mí. Quizás te sirva.
Primero el hábito, después el contenido. El error más común —el que yo mismo cometí mil veces— es querer estudiar un montón el primer día. Es contraproducente: el conocimiento tarda en asentarse, y meterte un shock de información en una tarde solo te agota y te frustra. Hay tiempo. Un montón. Lo que importa no es cuánto estudiaste hoy, sino cuánto lo sostuviste en el año. Prometete estudiar todos los días, aunque sean 15 minutos. Cumplí esa promesa antes que cualquier otra cosa.
Los libros a la vista. Tengo libros por toda la casa: en el escritorio, en la mesa de luz, en la cocina, al lado del inodoro. Me dicen desordenado; para mí es un sistema. Cada vez que tengo unos segundos, en lugar de agarrar el celular y ponerme a scrollear, leo un par de párrafos. No me importa avanzar lento. Solo me importa no soltar.
Los tiempos muertos rinden. Mientras me baño, cocino, lavo los platos o me estoy quedando dormido, siempre tengo un curso sonando de fondo. A veces le presto atención, a veces no. Cuando me doy cuenta de que me perdí, vuelvo a poner el video. Uso mucho la repetición, porque a mí las ideas me cuestan: no me entran a la primera. Y no pasa nada.
Si me aburre, no es el momento. Tengo una sola regla firme: cuando un tema me aburre, cambio a otro que no me aburra — pero nunca dejo de estudiar. Ningún tema me aburre el 100% del tiempo. Y hay días de más energía que aprovecho para empujar los temas densos, esos que en otro momento ni tocaría.
Enseñar es estudiar. Cuando arranqué no tenía con quién hablar de esto, así que me armé un LinkedIn (me lo recomendó alguien en un video) y empecé a escribirle a desconocidos de la industria para preguntarles cosas. Fui insoportable. Cada pregunta que hacía dejaba en evidencia lo mucho que me faltaba. Hay gente que hoy ya no me contesta de lo pesado que fui — y a todos les estoy profundamente agradecido. Después empecé a armar grupos de estudio y a dar clases de lo poquito que sabía, y descubrí algo: explicar un tema en voz alta, una y otra vez, es la mejor forma de entenderlo de verdad.
Por eso hoy doy clases y mentoreo. Y por eso también, cuando no tengo alumnos a mano, uso a mi mujer y a mis hijos de patitos de goma: les explico en voz alta lo que estoy tratando de entender. La mayoría de las veces no me entienden nada —soy un poco insoportable, vivo hablando de tecnología—, pero cada tanto me siguen el hilo, y ahí me doy cuenta de que ya lo entendí yo. Explicarle a quien sea, en voz alta, sigue siendo la mejor forma de estudiar que conozco.
Lo que pienso sobre aprender por tu cuenta
Voy a ser honesto con lo que creo, aunque no todos coincidan: para mí, ser autodidacta es la forma más real de aprender esto.
No es que reniegue del estudio formal porque sí. Es que la universidad no tiene un sistema que le sirva a cualquiera, y sobre todo no se actualiza a la velocidad a la que se mueve el mercado. Se aprende muchísimo más mirando qué pide la industria, buscando buenos libros y practicando. Lo más que hice con los programas universitarios fue robarles el temario para saber qué bibliografía necesitaba. Después marqué mi propio camino.
Y hay algo que tardé en entender, pero que hoy es lo que más valoro: aprendé a abrazar el fracaso.
Ya lo viste con las entrevistas: cada "no" terminó siendo una clase. Tengo muchas más historias de fracasos que de aciertos, y ya no me molesta el "no saber". Cada vez que fallé, aprendí. Aprendí a confiar en que hay luz al final del túnel — pero ojo, esa luz no aparece sola: es la que uno mismo construye en la oscuridad de aprender. El camino está lleno de pequeñas chispas de conocimiento que brotan cada tanto y te demuestran que sabés, que no estás fingiendo. Poca gente las aprecia, porque espera grandes cambios en poco tiempo. Yo dejé de esperar los grandes cambios. Y justo entonces, sin que me diera cuenta, pasaron.
Si estás empezando
Nunca dudé de que esto era para mí. No podía demostrarlo, pero lo sabía. Y si no abandoné fue, en parte, por una imagen medio tonta que me hacía bien: me imaginaba a mí mismo, algún día, contando en una charla cómo lo había logrado.
Esto es, un poco, esa charla.
Así que si estás arrancando, te dejo lo único que de verdad importa: las oportunidades están, y son gratis. No necesitás plata ni preparación previa para empezar a estudiar hoy. Solo necesitás dar pequeños pasos, todos los días.
El camino es largo. No se puede con apuro. Va a hacer falta paciencia, dedicación, mucha autocrítica y la valentía de fallar una y otra vez sin soltar.
Nadie me enseñó. Me lo busqué por mi cuenta — y me rodeé de gente que sabía más que yo. Vos también podés.